Victor SERGE:
saber sobre la represión |
Mencionemos aquí un medio accesorio, muy útil, de que disponía la Seguridad: la antropometría (el bertillonnage, del nombre del señor Bertillon, quien inventara el sistema), valiosísima para los servicios de identificación judicial. De toda persona arrestada se hace una ficha antropométrica: es fotografiada desde diferentes ángulos, de frente, de perfil, de pie, sentada; medida con ayuda de instrumentos de precisión (forma y dimensión del cráneo, del antebrazo, del pie, de la mano, etc.), examinada por especialistas que ratifican su filiación científica (forma de la nariz y de la oreja, matiz de los ojos, cicatrices y señales en el cuerpo). Se le toman las huellas digitales: el estudio de las más mínimas sinuosidades de la epidermis podrá servir a los fines de establecer su identidad, casi indefectiblemente, sirviéndose de una huella digital, dejada en un vaso o en el pomo de una cerradura. En todas las investigaciones judiciales las fichas antropométricas, clasificadas por índices característicos, aportan su cúmulo de informaciones.
Las más ínfimas señales pueden ser peligrosas. La conformación de la oreja, el matiz de las niñas del ojo, la forma de la nariz pueden ser observadas en la calle sin llamar la atención. Estos datos bastarán en seguida al policía experimentado para identificar al hombre, a despecho de los cambios que se haya hecho en el físico. Unas letras convencionales transmitirán por telegrama una filiación científica.
Ya los principales militantes son perfectamente conocidos. La policía está muy bien enterada de la organización en su conjunto. Sólo queda hacer una síntesis, esta vez, en concreto. ¡Hagamos algo hermoso y formal! Y lo hacen. Estos son los cuadros a colores, cuidadosos como trabajos de arquitecto, artísticos. Los signos son explicados con leyendas. Este es un Esquema de organización del partido socialista-revolucionario, que ni los mismos miembros del Comité Central poseen; o el cuadro de organización del Partido Socialista Polaco, del Bund judío, de la propaganda en las fábricas de Petrogrado, etc. Todos los partidos, todos los grupos son estudiados a fondo.
Nada platónicamente, por cierto! Henos aquí cerca de la meta. Un elegante dibujo nos muestra el "proyecto de liquidación de la organización socialdemócrata de Riga". En lo alto el Comité Central (4 nombres) y la comisión de propaganda (2 nombres); abajo, el comité de Riga, en relación con 5 grupos, del que dependen 26 subgrupos. En total, 76 nombres de personas para una treintena de organizaciones. No falta ya más que agarrar a todo el mundo en una sola redada para extirpar completamente a la organización socialdemócrata de Riga.
Terminado el trabajo, sus autores sienten un legítimo orgullo por conservar su memoria. Editan casi con lujo un álbum de fotografías de miembros de la organización liquidada. Tengo frente a mí un álbum consagrado a la liquidación del grupo anarquista-comunista "Los Comuneros", por la policía de Moscú, en agosto de 1910. Cuatro láminas muestran el armamento y el equipo del grupo: siguen 18 retratos acompañados de datos biográficos.
Los materiales informes, expedientes, gráficas, etc., que hasta ese momento habían sido utilizados con un propósito práctico, inmediato, van a serlo desde ahora con un espíritu en cierta forma científico.
Cada año, se publicaba un volumen a cargo de la Ojrana y exclusivamente para sus funcionarios, el cual contiene una completa aunque sucinta exposición de los principales casos sucedidos e informes sobre la situación actual del movimiento revolucionario.
Voluminosos tratados fueron escritos sobre el movimiento revolucionario para instruir a las jóvenes generaciones de gendarmes. De cada partido se lee su historia (origen y desarrollo), un resumen de sus ideas y programas, una serie de dibujos acompañados de textos explicativos que proporcionan el esquema de su organización, las resoluciones de sus últimas asambleas y datos de sus militantes más conocidos. En resumen, una monografía breve y completa. La historia del movimiento anarquista de Rusia será, por ejemplo, extraordinariamente difícil de reconstruir a causa de la dispersión de hombres y grupos, de las pérdidas inauditas que sufriera ese movimiento durante la revolución y finalmente de su ulterior desintegración. Sin embargo, tenemos la suerte de bailar, en los archivos de la policía, un pequeño y excelente volumen, detalladísimo, donde se encuentra resumida esta historia. Bastará agregar algunas notas y un corto prefacio para entregarle al público un libro del mayor interés.
Sobre los grandes partidos, la Ojrana publicó concienzudos trabajos, algunos de los cuales serían dignos de reimprimirse y que, en conjunto, servirán alguna vez. Sobre el movimiento sionista judío, 156 páginas en gran formato. Informe dirigido a la dirección de la policía. La actividad de la socialdemocracia durante la guerra, 102 páginas a renglón cerrado. Situación del partido socialista-revolucionario en 1908, etc. Son algunos de los títulos escogidos al azar de entre los folletos salidos de las prensas de la policía imperial.
El Departamento de la Policía también editaba hojas periódicas de información, para uso de los funcionarios superiores.
Para uso del zar se confeccionaba, en ejemplar único, una especie de revista manuscrita que aparecía de diez a quince veces al año, en la que los más mínimos incidentes del movimiento revolucionario, capturas aisladas, pesquisas exitosas, represiones eran registrados, Nicolás II lo sabía todo, Nicolás II no desdeñaba las informaciones obtenidas por los gabinetes negros. Los informes están a menudo anotados de su puño y letra.
La Ojrana no vigilaba solamente a los enemigos de la autocracia. Se consideraba bueno tener en la mano a los amigos, y sobre todo saber qué pensaban. El gabinete negro estudiaba muy especialmente las cartas de los altos funcionarios, consejeros de Estado, ministros, cortesanos, generales, etc. Los pasajes interesantes de estas cartas, ordenadas por temas y fechas, formaban cada semestre un grueso volumen mecanografiado que leían sólo dos o tres personajes poderosos. La generala Z . escribe a la princesa T... que desaprueba la nominación de M. Cierto personaje del Consejo Imperial que se burla del ministro ... en los salones. Esto es anotado. Un ministro comenta a su modo una propuesta de ley, un deceso, un discurso. Copiado, anotado. A título de "informaciones sobre la opinión pública".
XV Antropometría, filiación... y liquidación
XVI. Estudio científico del movimiento revolucionario
| Gastos de la ejecución de los hermanos Modal y Djavat Mustafá Oglí, condenados por el tribunal militar del Cáucaso | ||
| Rublos | ||
| Transporte de los condenados de la fortaleza de Metek a la prisión, a los carreteros | 4 | |
| Otros gastos | 4 | |
| Por haber cavado y tapado dos fosas (seis sepultureros firman cada uno un recibo dedos rublos) | 12 | |
| Por haber armado el patíbulo | 4 | |
| Por vigilar el trabajo | 8 | |
| Gastos de viaje de un sacerdote (y regreso) | 2 | |
| Al médico, por el certificado de defunción | 2 | |
| Al verdugo | 50 | |
| Gastos de viaje del verdugo | 2 | |
En resumidas cuentas, no es caro. El padre y el médico sobre todo, son modestos. El sacerdocio del uno y la profesión del otro implican, ¿no es así? , devoción por la humanidad.
A estas alturas pensamos que aquí deberíamos iniciar un capítulo intitulado: "La tortura", Todas las policías hacen uso más o menos frecuente del "interrogatorio" medieval, En los EEUU se practica el terrible "3er. interrogatorio". En la mayoría de los países de Europa, la tortura se ha generalizado después del recrudecimiento de la lucha de clases a raíz de la guerra. La Siguranza rumana, la Defensa polaca, las policías alemana, italiana, yugoslava, española, búlgara -alguna se nos escapa seguramente- la usan con frecuencia. La Ojrana rusa las había precedido en este camino, aunque con cierta moderación. Aunque se dan casos, incluso numerosos, de castigos corporales -el Knut ¡látigo} en algunas prisiones, el tratamiento infligido a sus prisioneros por la policía rusa antes de la revolución de 1905"parece haber sido más humano que el que se le inflige hoy, en caso de arresto, a los militantes obreros de una docena de países de Europa. Después de 1905, la Ojrana poseía cámaras de tortura en Varsovia, Riga, Odesa, y, según parece, en la mayoría de los grandes centros urbanos.
La policía debía verlo todo, entenderlo todo, saberlo todo, poderlo todo. El poderío y la perfección de su aparato parecía tanto más terrible cuanto que hallaba recursos insospechados en los bajos fondos del alma humana.
Sin embargo, no pudo impedir nada. Durante medio siglo defendió inútilmente a la autocracia contra la revolución, la que cada año se bacía más fuerte.
Por otra parte, sería erróneo dejarse impresionar por el mecanismo aparentemente perfecto de la Seguridad imperial. Es cierto que al frente suyo se hallaban algunos hombres inteligentes, algunos técnicos de gran valer profesional; pero toda la maquinaria reposaba sobre el trabajo de una caterva de funcionarios ignorantes. En los informes mejor confeccionados se hallan los más divertidos disparates. El dinero aceitaba todos los engranajes de la enorme máquina; la ganancia es un fuerte estimulo, pero ineficaz. Nada de grande se hace sin noble desinterés. Y la autocracia sólo tenía defensores interesados en su provecho.
Si después del derrumbe del 26 de marzo de 1917, todavía fuera necesario demostrar, con hechos tomados de la historia de la Revolución Rusa, la vanidad de los esfuerzos del director del Departamento de la Policía, podemos citar multitud de argumentos como el que nos ofrece el expolicía M. E. Bakai. En 1906, tras la represión de la primera revolución, cuando el jefe de la policía Trusévich reorganizó la Ojrana. las organizaciones revolucionarias de Varsovia, principalmente las del Partido Socialista Polaco, (14) "suprimieron durante el año, 20 militares, 7 gendarmes, 56 policías, e hirieron 92; en resumen, pusieron fuera de combate a 179 agentes de la autoridad, Destruyeron además 149 expendios de alcohol de la administración. En la preparación de estas acciones participaron centenares de hombres que en la mayoría de los casos continuaron ignorados por la policía". M. E. Bakai observa que, en los períodos de auge de la revolución, los agentes provocadores frecuentemente hacían mutis; pero reaparecían cuando ascendía la reacción. Igual que los cuervos en los campos de batalla.
En 1917, la autocracia se derrumbó sin que las legiones de soplones, de provocadores, de gendarmes, de verdugos, de guardias municipales, de cosacos, de jueces, de generales, de popes, pudieran desviar el curso inflexible de la historia. Los informes de la Ojrana redactados por el general Globachev constatan la proximidad de la revolución y prodigan al zar advertencias inútiles. Lo mismo que los más sabios médicos llamados para asistir a un moribundo no pueden sino constatar, minuto a minuto, los progresos de la enfermedad, los omniscientes policías del imperio veían impotentes cómo el mundo zarista se precipitaba al abismo...
Porque la revolución era consecuencia de causas económicas, psicológicas, morales, situadas más allá de ellos y fuera de su alcance. Estaban condenados a resistirle inútilmente y a sucumbir. Porque es la eterna ilusión de los gobernantes creer que pueden anular los efectos sin considerar las causas, legislar contra la anarquía o contra el sindicalismo (como en los Estados Unidos), contra el socialismo (como Bismarck lo hizo en Alemania), contra el comunismo, como se hace hoy un poco por doquier. Vieja experiencia histórica. El imperio romano también persiguió inútilmente a los cristianos. El catolicismo inundó Europa de hogueras, sin lograr derrotar la herejía, la vida.
En verdad, la policía rusa se vio desbordada. La simpatía instintiva o consciente de la inmensa mayoría de la población estuvo con los enemigos del antiguo régimen. El martirio cotidiano de éstos suscitaba la adhesión de algunos y la admiración del gran número. Sobre este viejo pueblo cristiano ejercía una influencia irresistible la vida de apóstoles de los propagandistas que,
Tenían de su lado sólo la fuerza moral, la de las ideas y los sentimientos. La autocracia ya no era un principio vivo, Nadie creía ya en su necesidad, Carecía de ideólogos. La religión misma, por boca de sus pensadores más sinceros, condenaba a aquel régimen que no reposaba sino en el empleo sistemático de la violencia. Los más grandes cristianos de la Rusia moderna, dujobortzi y tolstoianos, eran anarquistas. Pero una sociedad que ya no reposa en ideas vivas, aquella en la cual los principios fundamentales están muertos, sobrevive, cuando mucho, por la fuerza de la inercia.
Pero en la sociedad rusa de los últimos años del antiguo régimen, las ideas nuevas -subversivas- habían logrado una fuerza sin contrapeso. lodo el que en la clase obrera, en la pequeña burguesía, en el ejército y en la marina, en las profesiones liberales pensaba y obraba, era revolucionario, es decir "socialista" de alguna manera. No existía una mediana burguesía satisfecha, como en los países de la Europa occidental. El antiguo régimen no era defendido más que por el clero, la nobleza cortesana, los financieros, algunos políticos, en resumen, por una aristocracia ínfima. Las ideas revolucionarias hallaban terreno favorable en cualquier lugar. Durante mucho tiempo, la nobleza y la burguesía entregaron a la revolución sus mejores hijos. Cuando un militante se escondía, hallaba numerosas ayudas espontáneas, desinteresadas, devotas. Cuando un revolucionario era arrestado hallaba cada vez más frecuentemente que los soldados encargados de conducirlo simpatizaban con él y entre los carceleros casi hubo "camaradas". Tan era cierto que en la mayoría de las prisiones resultaba fácil comunicarse clandestinamente con el exterior. Esta simpatía también facilitaba las evasiones. Guerchuni, condenado a muerte y transferido de una prisión a otra, encontró gendarmes que eran "amigos". Búrtzev, en su lucha contra la provocación, halló antaño preciosa colaboración en un alto funcionario del Ministerio del Interior, el señor Lopujin, casualmente un hombre honesto, y en un viejo policía, Bakai. Yo conocí a un revolucionario que había sido vigilante en una prisión. Los casos de "vigilantes" convertidos por los detenidos no eran raros... En cuanto al estado de espíritu de los elementos más atrasados de la población -desde el punto de vista revolucionario- estos hechos son sintomáticos.
Y éstas no son más que causas aparentes, superficiales, superpuestas a otras más profundas. El poder de las ideas, la fuerza moral, la organización y la mentalidad revolucionaria no eran más que los resultados de una situación económica cuyo desarrollo se encaminaba hacia la revolución. La autocracia rusa encarnaba el poder de una aristocracia de grandes terratenientes y de una oligarquía financiera, sometida a influencias extranjeras a las que, por lo demás, les estorbaban las instituciones poco propicias al desarrollo de la burguesía, Poco numerosa, desprovista de influencia política, descontenta, la clase media urbana daba sus hijos juventud estudiantil, intelectuales- a la revolución, a una revolución liberal, se comprende, pues no quería ver subir al mujik y al obrero. La gran burguesía industrial, comerciante, financiera, deseaba una monarquía constitucional "a la inglesa", en la que, naturalmente, ejercería el poder. Abrumada por los impuestos, presa en los tiempos de paz, en la época de la prosperidad europea, de hambres periódicas, desmoralizada por el monopolio del vodka, explotada brutalmente por popes, policías, burócratas y grandes propietarios, la masa rural acogía con fervor, después de más de medio siglo, los llamamientos de los revolucionarios: "¡Campesino, apodérate de la tierra!" Y como esta masa proporcionaba al ejército la inmensa mayoría de sus efectivos, la carne de cañón de Lyaoyang y Mukden, así como los verdugos de todas las sublevaciones, el ejército, trabajado por las organizaciones militares de los partidos clandestinos, ese ejército mantenido en la obediencia por los consejos de guerra y por "el gobierno del puñetazo en el hocico", bullía de amargura. Una clase obrera todavía joven, multiplicada tan rápidamente como se desarrollaba la industria capitalista, privada del elemental derecho de hablar sus idiomas propios, de conciencia, de organización de prensa (derechos que eran desconocidos por el antiguo régimen ruso), ignorante de los engaños del régimen parlamentario, viviendo en cuchitriles, recibiendo salarios bajos, sometida al policía arbitrario, en resumen, colocada frente a las nuevas realidades de la lucha de clases, tomaba más clara conciencia de sus intereses cada día que pasaba. Treinta nacionalidades alógenas, o vencidas por el imperio, privadas del elemental derecho de hablar sus lenguas, colocadas en la imposibilidad de tener una cultura nacional, rusificadas a golpes de látigo, no eran mantenidas bajo el yugo más que por constantes medidas represivas. En Polonia, en Finlandia, en Ucrania, en los países bálticos, en el Cáucaso, se gestaban revoluciones nacionales, prestas a aliarse con la revolución agraria, la insurrección obrera, la revolución burguesa... La cuestión judía surgía por todas partes.
En la cúspide del poder, una dinastía degenerada rodeada de imbéciles. El peluquero Felipe cuidaba mediante hipnotismo la salud vacilante del presunto heredero. Rasputín quitaba y ponía ministros desde sus habitaciones privadas. Los generales robaban al ejército, los grandes dignatarios saqueaban el Estado. Entre este poder y la nación, una burocracia, innumerable, que vivía sobre todo del cohecho.
En el seno de las masas, las organizaciones revolucionarias, amplias y disciplinadas, activas constantemente, poseedoras tanto de una vasta experiencia como del prestigio y del apoyo de una magnífica tradición... Tales eran las fuerzas profundas que trabajaban por la revolución. ¡Y contra ellas, en la vana esperanza de impedir la avalancha, la Ojrana tensaba sus delgados alambrados!
En esta deplorable situación, la policía obraba sabiamente. Bueno. Lograba, digamos, "liquidar" a la organización socialdemócrata de Riga. Setenta capturas decapitaban al movimiento en la zona. Imaginémonos por un momento una liquidación total. Nadie ha escapado. ¿Y luego?
Para comenzar, estas setenta capturas no dejaban de ser advertidas. Cada uno de los militantes estaba en relación con por lo menos una docena de personas. Setecientas personas, cuando menos, se hallaban repentinamente encaradas con este hecho brutal: la captura de gentes honestas y valientes, cuyo crimen consistía en querer el bien común... El proceso, las condenas, los dramas privados que conllevan, provocaban una explosión de simpatía e interés hacia los revolucionarios. Si alguno de ellos lograba hacer oír una voz enérgica desde el banquillo de los acusados, podía decirse con certeza que la organización, al conjuro de esta voz, renacería de sus cenizas. Era cuestión de tiempo.
Luego, ¿qué hacer con los setenta militantes presos? No se podía más que encerrarlos durante un tiempo largo o deportarlos a las regiones desiertas de Siberia. Bueno. En la prisión -o en Siberia- hallan camaradas, maestros y alumnos. Los ocios obligatorios los dedican al estudio, a la formación teórica de sus ideas. Sufriendo en común se endurecen, adquieren temple, se apasionan. Tarde o temprano, evadidos, amnistiados -gracias a las huelgas generales- o liberados provisionalmente, se reintegraran a la vida social como revolucionarios "veteranos" o "ilegales", ahora mucho más fuertes que nunca. No todos, claro. Algunos morirán en el camino; dolorosa selección que tiene su virtud. Y el recuerdo de los amigos desaparecidos hará intransigentes a los que sobrevivan...
En fin, una liquidación nunca es total. Las precauciones de los revolucionarios preservarán a algunos. Los mismos intereses de la provocación exigen que se dejen algunos presos en libertad. Y el azar incide en el mismo sentido. Los "escapa- dos", aunque metidos en situaciones difíciles, se hallan en capacidad de aprovechar las circunstancias favorables del medio...
La represión no se vale en definitiva más que del miedo. Pero ¿basta el miedo para anular las necesidades, el anhelo de justicia, la inteligencia, la razón, el idealismo, todas aquellas fuerzas revolucionarias que expresan la pujanza formidable y profunda de los factores económicos de una evolución? Valiéndose de la intimidación, los reaccionarios se olvidan que causaron más indignación, más odios, más sed de martirio que temor verdadero. No intimidan sino a los débiles: exasperan a los mejores y templan la resolución de los más fuertes.
¿Y los provocadores?
Gracias a su concurso, la policía puede, ciertamente, multiplicar las capturas y las "liquidaciones" de grupos. En determinadas circunstancias, puede contrarrestar los más profundos planes políticos. Puede acabar con militantes valiosos. Los provocadores han sido a menudo los proveedores directos del verdugo. Todo ello es terrible, ciertamente. Pero tampoco es menos cierto que la provocación nunca puede anular sino a individuos o a grupos y que es casi impotente contra el movimiento revolucionario en su conjunto.
Hemos visto cómo un agente provocador se encargaba de hacer entrar a Rusia (en 1912) propaganda bolchevique; cómo otro (Malinovsky) pronunciaba en la Duma discursos redactados por Lenin; cómo un tercero organizaba la ejecución de Plehve. En el primer caso, nuestro pillo puede entregar a la policía una cantidad considerable de literatura; sin embargo, no puede, a riesgo de quemarse inmediatamente, entregar toda la literatura, incluso no podrá sino entregar una cantidad muy restringida. Buena o malamente contribuye, pues, a su difusión. Si un folleto propagandístico es divulgado por un agente secreto o por un devoto militante, los resultados son siempre los mismos: lo esencial es que sea leído. Si la ejecución de Plehve fue preparada por Azev o por Savinkov, no debe importamos saberlo. Aun si fuese el resultado de la lucha entre las camarillas de la policía, tampoco. Lo importante es que Plehve desaparezca. Los intereses de la revolución en este caso son mucho más importantes que los maquiavelismos ínfimos e infames de la Ojrana Cuando el agente secreto Malinovsky hace oír en la Duma la voz de Lenin, el ministro del Interior hacia mal en regocijarse por el éxito de su agente pagado. La importancia que la palabra de Lenin tiene para el país no puede compararse con la que pueda tener la voz de un miserable. De manera que se puede, me parece, dar del agente provocador dos definiciones que se compensan, pero de las cuales la segunda es más significativa.
1) El agente provocador es un falso revolucionario;
2) El agente provocador es un policía que, sin querer, sirve a la revolución.
Aparenta que la sirve. Pero en semejante oficio no existen las apariencias. Propaganda, combate, terrorismo, todo es realidad. No se milita a medias o superficialmente.
Los miserables que en un momento de cobardía se precipitaron en este fango, lo pagaron. Recientemente, Máximo Gorki publicó en sus Consideraciones retrospectivas la curiosa carta de un agente provocador. El hombre escribía más o menos esto: "Yo estaba consciente de mi infamia, pero también sabia que ella no podía retardar ni un segundo el triunfo de la revolución."
Lo cierto es que la provocación hace más enconada la lucha. Incita al terrorismo, incluso a un terrorismo que los revolucionarios preferirían abstenerse de realizar. ¿Qué hacer, en efecto, con un traidor? La idea de perdonarlo no se le ocurriría a nadie. En el duelo entre la policía y los revolucionarios, la provocación agrega un elemento de intriga, de sufrimiento, de odio, de menosprecio. ¿Es más peligrosa para la revolución que para la policía? Yo creo lo contrario. Desde otros puntos de vista, la provocación y la policía tienen un interés inmediato en que siempre esté amenazado aquello que es la razón de ser del movimiento revolucionario. En caso de necesidad, antes que renunciar a una segunda fuente de beneficios, urden complots ellos mismos; es algo ya visto. En este caso, el interés de la policía está totalmente en contradicción con el del régimen que tiene por misión defender. Los manejos de provocadores de cierta envergadura pueden ser peligrosos incluso para el mismo Estado. Azev organizó un atentado contra el zar, atentado que se frustró únicamente por circunstancias totalmente fortuitas e imprevistas (el desfallecimiento de uno de los revolucionarios). En ese instante, el interés personal de Azev -el cual le era más caro, sin duda, que la seguridad del imperio- exigía una acción de mucho ruido; pesaba sobre él en el partido socialista-revolucionario una sospecha que ponía en peligro su vida. Por otra parte, existió la duda de si los atentados que él había hecho posibles no servían a los designios de algún Fouché. Es posible. Pero intrigas semejantes entre los detentadores del poder sólo revelan la gangrena de un régimen y contribuyen no poco a su caída.
La provocación es mucho más peligrosa por la desconfianza que siembra entre los revolucionarios. Tan pronto algunos traidores han sido desenmascarados, la confianza desaparece del seno de las organizaciones. Es terrible, porque la confianza en el partido es la base de toda fuerza revolucionaria. Se murmuran acusaciones, luego se dicen en voz alta, generalmente no se pueden aclarar. De ahí resultan males en cierto sentido peores que los que podría ocasionar la misma provocación. Hay que recordar ciertos casos lamentables: Barbés acuso al heroico Blanqui y Blanqui, a pesar de sus cuarenta años de reclusión, a pesar de toda su vida ejemplar, de su vida indomable, jamás pudo quitarse de encima la infame calumnia. Bakunin también fue acusado. Y qué diremos de víctimas menos conocidas -y no por ello menos dañadas por la calumnia-: Girier-Lorion, anarquista, es acusado de provocación por el diputado "socialista" Delory; para sacudirse esta intolerable sospecha, dispara sobre los agentes y muere en el presidio. Parecido resultó el fin de otro valiente, anarquista también, en Bélgica: Hartenstein-Sokolov (Proceso de Gante, en 1909), a quien toda la prensa socialista enlodó innoblemente y que murió en la prisión... Es tradicional: ¡los enemigos de la acción, los cobardes, los cómodos, los oportunistas, gustosos toman su artillería de las cloacas! La sospecha y la calumnia les sirven para desacreditar revolucionarios. Y así seguirá siendo.
Este mal la sospecha y la desconfianza entre nosotros sólo puede ser limitado y aislado por un gran esfuerzo de voluntad. Se debe impedir -y ésta es condición previa de toda lucha victoriosa contra la verdadera provocación, que al acusar calumniosamente a un militante "hace el juego"- que nadie sea acusado a la ligera, e impedir además que una acusación formulada contra un revolucionario sea simplemente aceptada sin discusión. Cada vez que un hombre sea siquiera rozado por una sospecha, un jurado formado por camaradas deberá determinar si se trata de una acusación fundada o de una calumnia. Son simples reglas que se deberán observar con inflexible rigor si se quiere preservar la salud moral de las organizaciones revolucionarias.
Y, por lo demás, aunque fuera peligroso para los individuos, no se deberán sobreestimar las fuerzas del agente provocador: en gran medida, depende también de cada militante defenderse eficazmente.
Los revolucionarios rusos, en su larga lucha contra la policía del antiguo régimen, habían alcanzado un conocimiento práctico y seguro de los procedimientos y métodos de la policía. Si ella era fuerte, ellos lo eran más. Cualquiera que sea la perfección de las gráficas elaboradas por los especialistas de la Ojrana sobre la actividad de una organización dada, se puede estar seguro de antemano de encontrar en ellas lagunas. Difícilmente -decíamos era completa una "liquidación" de grupo, porque a fuerza de precauciones, siempre escapará alguno. En la tan laboriosa gráfica de las relaciones de B. Savinkov, faltan, por cierto, algunos nombres; y acaso los más importantes. Los militantes rusos consideraban, en efecto, que la acción clandestina (ilegal) está sujeta a leyes inflexibles. A cada instante se preguntaban:
"¿Estará esto de acuerdo con las reglas de la conspiración?" (15)
Gracias a esta ciencia de la conspiración, los revolucionarios pudieron vivir ilegalmente en las capitales rusas durante meses y años. Eran capaces de convertirse, según lo exigiera el caso, en comerciantes viajeros, en cocheros, en "extranjeros adinerados", en sirvientes, etc. En todos estos casos era indispensable que dominaran sus papeles. Para volar el Palacio de Invierno, el obrero Stepán Jalturin estudió durante semanas la vida de los obreros que trabajaban regularmente en el palacio.(16) Kaliáev, para vigilar a Plehve en Petrogrado, se hizo cochero. Lenin y Zinóviev, acorralados por la policía de Kerensky, lograron refugiarse en Petrogrado y sólo salían maquillados. Lenin fue obrero fabril.
La acción ilegal, a la larga, crea hábitos y una mentalidad que se puede considerar como la mejor garantía contra los métodos policíacos. ¿Qué policías talentosos, qué pícaros hábiles se podrán comparar con los revolucionarios seguros de si mismos, circunspectos, reflexivos y valientes que obedecen una consigna común?
Cualquiera que sea la perfección de los métodos empleados para vigilar a los revolucionarios, ¿no se encontrará siempre en los movimientos y en las acciones de éstos una incógnita irreductible? ¿No aparecerá siempre, en las ecuaciones más cuidadosamente elaboradas por el enemigo, una enorme y temible X? ¿Qué traidor, soplón o sabueso sagaz descifrará la inteligencia revolucionaria? ¿quién medirá el poder de la voluntad revolucionaria?
Cuando se tiene a favor las leyes de la historia, los intereses del futuro, los requerimientos económicos y morales que conducen a la revolución cuando se sabe con certeza lo que se quiere, las armas propias y las del enemigo; cuando se ha elegido la acción ilegal; cuando hay confianza en uno mismo y sólo se trabaja con aquellos en los cuales se tiene confianza; cuando se sabe que la obra revolucionaria exige sacrificios y que toda devota semilla fructificará centuplicada, entonces se es invencible.
La prueba es que los miles de expedientes de la Ojrana, los millones de fichas del servicio de información, las maravillosas gráficas de sus técnicos, las obras de sus científicos, todo este mirífico arsenal está ahora en manos de los comunistas rusos. Los policías, un día de disturbios, huyeron entre el griterío de la muchedumbre; a los que se logró agarrar por el pescuezo se les zambulló, definitivamente en los canales de Petrogrado; en su mayoría los funcionarios de la Ojrana fueron fusilados.(17) Todos los provocadores que se pudo identificar corrieron la misma suerte. Y un día, un poco para ilustrar a los camaradas extranjeros, reunimos en una especie de museo cierto número de piezas particularmente curiosas, tomadas de los archivos secretos de la Seguridad del imperio... Nuestra exposición se realizó en una de las salas más bellas del Palacio de Invierno; los visitantes podían hojear, junto a una ventana situada entre dos columnas de malaquita, el libro de registro de la fortaleza de Pedro y Pablo, la tenebrosa Bastilla del zar, sobre cuyos viejos torreones se veía, del otro lado del Neva, ondear la bandera roja.
Aquellos que lo vieron saben que la revolución es invencible aun antes de vencer.
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XIX. Conclusión. Por qué resulta invencible la revolución
renuncian- do al bienestar y a la seguridad, afrontaban, para llevarle un nuevo evangelio a los miserables, la prisión, el exilio siberiano y la muerte misma. Volvían a ser "la sal de la tierra": eran los mejores, los únicos portadores de una inmensa esperanza y por eso se les perseguía.
A primera vista, pueden causarle al movimiento revolucionario perjuicios terribles. Pero, ¿de verdad es así?
El código de la conspiración tuvo en Rusia, entre los grandes enemigos de la autocracia y del capital, teóricos y prácticos destacados. Estudiarlo a fondo seria de gran utilidad. Debe contener las reglas más sencillas, precisamente aquellas que, a causa de su sencillez, se olvidan a menudo.
15. Konspirativno?
16. El carpintero Stepán Jalturin, fundador en 1878 de la Unión Septentrional de Obreros Rusos, fue uno de los verdaderos precursores del movimiento obrero ruso. Adelantándose un cuarto de siglo a su tiempo, concibió la revolución como realizable a través de la huelga general. Colocado como carpintero entre el personal obrero del Palacio de Invierno, durmió mucho tiempo sobre un colchón que poco a poco fue llenando de dinamita... Alejandro II escapé a la explosión del 5 de febrero de 1880. Jalturin fue ahorcado dos años más tarde, después de haber ejecutado al procurador Srélnikov, de Kiev. Había sido obligado al terrorismo a causa de la provocación policial que asoló a su agrupación obrera. Es una de las más grandes y nobles figuras de la historia de la Revolución Rusa.
17. La república democrática de Kerensky creyó poder protegerlos, logrando algunos pasar al extranjero.
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